Entra por la puerta. Da un paso. Y otro. Y otro. Y otro más. Y se da la
vuelta después de devolver las llaves a la profesora para ir a sentarse a
su sitio. Y se ve el deje de la expresión seria que había demostrado
delante de la maestra. Y entonces te mira y vuestras miradas se cruzan
en una común complicidad de alumnos. Y la expresión de su cara cambia.
Ahora se observa una sonrisa de pura felicidad, esas que son
inconfundibles. Y sabes qué puede haber pasado. Y comprendes cómo se ha
sentido. Qué ha pensado. Cómo ha reaccionado. Qué está pasando en ese
momento por su cabeza. Y lo que siente. Y lo que imagina. Y lo que
quería que hubiese pasado. Pero tiene que sentarse ya. La complicidad no
dura mucho. Camina. Despacio. Y se sienta. Intentas volver a cruzar las
miradas. Lo consigues. Y sonreís. Ya se sabe qué pensáis.
Y todo sucedió en diez milésimas de segundo...
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