Cuando consiguió animarse a empezar a descubrir el lugar, cuando empezó a identificar algunas siluetas, comenzó a andar. Una en la pared de yeso, la otra bailando en el aire y cada uno de sus pasos tentado durante un instante a dejarse caer por el vacío... Y así un tiempo indefinido. Porque no llevaba su reloj de muñeca. No se oía ningún marcapasos.
La realidad estaba cambiando. Había recorrido un largo trecho, siempre con la sensación de descenso, y no había encontrado más que gotelé, cuadros llenos de polvo, muebles y la alfombra del suelo. Y llegó al final. Frente a sí, la sensación de una puerta. Tras de sí, el vacío indiferente. El espacio que la acompañaba y se reía porque sí. Y poco a poco lo que fue dejaba paso a la hoja en blanco, que tanto podría ser un retrato como un paisaje como un bodegón como la indescriptible abstracción. Mas ahora, blanco roto, o sucio, pureza entre la oscuridad, sigue siendo atraída cual polilla.
Toca madera, dijeron.
La puerta que rechina es de hierro.
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