sábado, 25 de febrero de 2012

Una mañana cualquiera

Tu mente se despierta y no quieres levantarte. No quieres abrir los ojos ni olvidar el sueño que has tenido ni alejarte del calor de lo único que te ha abrazado durante cada noche de tu vida. Y la soledad te embriaga hasta ahogarte.
Sabes que tienes que volver a ese mundo que hay fuera de tú cama, para poder ser persona, pero algo te lo impide. El vacío pesa demasiado y no puedes ni levantarte. Sólo quieres ocultar la cara y cerrar los ojos, porque así te proteges.
Entonces te destapas, con furia, y te sientas en el borde de la cama. No sabes qué más hacer.
Oyes un grito, otro más... Tus padres están ahí, al otro lado de la puerta, decidiendo a voz en grito quien de los dos puede describir mejor tu eterna vaguería...
Sales de la habitación con unas zapatillas en los pies, aunque no recuerdas habértelas puesto. Y llegas al baño: ocupado, cómo no.
-Tienes que poner papel aquí y en el otro baño -Te dice tu madre. Ni "buenos días" ni nada...
Te duele el alma. Probablemente la cabeza y el estómago también, pero los ignoras. Vas a por los royos de papel con mala cara. Sólo querías desaparecer y ahora te toca obedecer ordenes tiránicas...
No puedes echarles la culpa, ellos no saben leer entre las líneas que dejas escritas en el aire.
Has hecho todo lo que se espera de ti. ¿Y ahora qué?
Ahora nada. No tienes voluntad para hacer nada. Tú rota alma no te deja ni respirar. No sabes lo que quieres. Te preguntas si lo has sabido alguna vez... "No, posiblemente no... " contestas.
Te cambias de ropa. Otra vez por obligación. Porque quieren poner la lavadora y quieres tu pijama. No entienden que eso es arrebatarte lo que habías ganado por derecho propio. Estar mal es algo humano, algo natural.
Aunque rememorando los últimos días podría decirse que han sido perfectos. Pero todo en la vida debe tener un equilibrio y hoy ha llegado la hora de pagar por la felicidad conseguida.
Quién sabe cómo terminará el día...

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