domingo, 6 de diciembre de 2009

Carta del desamor

Hola. Aquí estoy. La estepa del dolor y del desasosiego se despliega ante mí. Hace un momento pasó por el cielo él, un faisán dorado y hermoso, una ave lejana que guarda mi corazón y que nunca podré tener, un oasis en este desierto, una bocanada de aire en el fondo del marque roza la playa de la soledad y el olvido a la cual no llego. Mi cuerpo me pesa. No puedo levantarme. Cada grano de arena se clava el mi piel intentando corromper mi interior. El aire caliente me ahoga, seca mi garganta, ataca mis pulmones, me intenta matar... El sol convierte mi piel en fuego, ardiente, rojo, caliente; para que mi existencia se convierta en una condena eterna... Mantengo los ojos cerrados, no puedo abrirlos, me escuecen ante la luminosidad del sol. Una gota de sudor cae por mi frente aportándome un instante de frescura. No sonrío, no puedo, ya me es imposible. Ya no recuerdo mi pasado, en realidad el pasado y el presente se han unido en una misma dimensión, sin fronteras, sin fisuras... No hay un futuro. La muerte es un sueño inalcanzable, una paz inexistente en este suplicio... Cada latido de mi corazón me duele como si una yaga se estuviera abriendo lenta, metódica y dolorosamente...
Pienso que ya no lo voy a soportar un instante más, pero aquí sigo... Ya he sucumbido. Intento analizar el dolor físico: punzante, interno, constante, en una carrera por acaparar cada célula de mi cuerpo... Comenzó algún día, de ello estoy segura, pero no recuerdo nada anterior a esta condena y ya no puedo creer que tenga un fin... Pienso y analizo este dolor porque es sencillo y transparente, fácil de manejar, porque así me olvido del que vive en mi corazón, ese que me rompe sin derramar sangre, ese que me atormenta desde que tengo uso de razón, ese que no puedo controlar, ese que es oscuro y maligno y que sin el cual no puedo vivir. Ese dolor más interno y privado que cualquier otro es el que intento ignorar, pero es imposible, porque, aunque duela, es la razón de mi existencia, la razón del verbo "ser", la fuerza que hace girar la rueda del tiempo y que ayuda al destino a jugar con nosotros, el espíritu que vive en el aire y que nos unta por parejas, ese ángel llamado Cupido que con flechas nos hiere el alma... Todo lo es y nadie lo entiende...
Abrí al fin los ojos, algo se interponía entre los letales rayos del sol y mi cara: era mi faisán dorado, venía a despedirse de mí... Me rozó durante un instante con su pico de forma delicada y emprendió el vuelo...
Ya no cierro los ojos, es inútil. Ya no siento los picotazos y desgarrones que los buitres hacen en mí. Los buitres, hambrientos de carne joven, llegaron hace un tiempo suficientemente corto como para recordar la soledad y el dolor anteriores pero lo suficientemente largo como para llegar a ser monótono y aburrido en mi mente...
Se me nublan los ojos. Un buitre ante mi empieza a picotear mis ojos. Pienso que es mi amado faisán... Escucho mi último suspiro... Siento el ultimátum de mi corazón en el pecho...
He muerto.

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