Me fui despertando poco a poco, sentía frío en mi cuerpo, y cuando al fin abrí los ojos me encontré totalmente desnuda tumbada sobre una cama que no era la mía.
Estaba esposada al cabecero de la cama. Tres hombres me miraban lascivos, desnudos también y a una distancia demasiado corta para mi gusto. No pude gritar, habían sellado mis labios con esparadrapo, y aunque intenté arrancarme las esposas solo conseguí que esos energúmenos se excitaran...
De repente uno de ellos, no quise ni ver cuál de los tres, fue hasta el final de la cama y se puso de rodillas. Yo me temí lo peor. Sostuvo uno de mis pies y comenzó a lamerlo dedo a dedo... ¡Era asqueroso sentir como su lengua se entretenía buscando nuevos huecos en los que entrar! Luego vino otro para jugar con mi otra pierna.
Entre los dos habían conseguido que mi pubis quedara totalmente a la vista a pesar de que yo había intentado evitarlo por todos los medios que estaban a mi alcance...
El segundo elevó un poco mi pierna y la acarició lenta y metódicamente con sus manos. Al poco, y para mi desgracia, lo que rozaba el muslo era su pene en proceso de endurecimiento...
Yo ni siquiera me excitaba. Estaba asqueada, asustada y horrorizada por lo que me hacían. ¡Me violaban un grupo de pervertidos y yo no podía hacer nada! Siempre había pensado que si algún día llegaba a pasarme algo como esto les retorcería los huevos antes que ellos llegarán a rozarme... y mira ahora: sola, desnuda e indefensa...
El tercero, sin darme tiempo siquiera a reaccionar, se sentó a horcadas encima mío, con su pene en mi dirección. Se dobló hasta poder chupar mis pezones y mis axilas de la forma más extraña posible para un hombre. Él ocupaba básicamente todo mi campo de visión, a excepción de un pequeño espacio situado a mi derecha. Primero me estrujó los pechos; luego lamió, chupó y sorbió todo lo que tenía a su alcance; y al final...
Estaba esposada al cabecero de la cama. Tres hombres me miraban lascivos, desnudos también y a una distancia demasiado corta para mi gusto. No pude gritar, habían sellado mis labios con esparadrapo, y aunque intenté arrancarme las esposas solo conseguí que esos energúmenos se excitaran...
De repente uno de ellos, no quise ni ver cuál de los tres, fue hasta el final de la cama y se puso de rodillas. Yo me temí lo peor. Sostuvo uno de mis pies y comenzó a lamerlo dedo a dedo... ¡Era asqueroso sentir como su lengua se entretenía buscando nuevos huecos en los que entrar! Luego vino otro para jugar con mi otra pierna.
Entre los dos habían conseguido que mi pubis quedara totalmente a la vista a pesar de que yo había intentado evitarlo por todos los medios que estaban a mi alcance...
El segundo elevó un poco mi pierna y la acarició lenta y metódicamente con sus manos. Al poco, y para mi desgracia, lo que rozaba el muslo era su pene en proceso de endurecimiento...
Yo ni siquiera me excitaba. Estaba asqueada, asustada y horrorizada por lo que me hacían. ¡Me violaban un grupo de pervertidos y yo no podía hacer nada! Siempre había pensado que si algún día llegaba a pasarme algo como esto les retorcería los huevos antes que ellos llegarán a rozarme... y mira ahora: sola, desnuda e indefensa...
El tercero, sin darme tiempo siquiera a reaccionar, se sentó a horcadas encima mío, con su pene en mi dirección. Se dobló hasta poder chupar mis pezones y mis axilas de la forma más extraña posible para un hombre. Él ocupaba básicamente todo mi campo de visión, a excepción de un pequeño espacio situado a mi derecha. Primero me estrujó los pechos; luego lamió, chupó y sorbió todo lo que tenía a su alcance; y al final...
Todo sucedió a la vez: el que me chupaba los dedos de los pies restregó su pene en la planta del pie que tenía preso; el otro simplemente lo hizo todo más y más fuerte; y el que tenía delante hizo el movimiento del coito sobre mi vientre...
-¿Qué os parece mi nuevo juguete?- Una nueva presencia estaba en la habitación: una mujer.
Nadie contestó, tampoco habían hablado mucho hasta ahora...
No vi lo que hacía, y tampoco a presté demasiada atención, pues el que estaba sentado sobre mí me sujetaba las tetas, aplastándolas una contra otra. Su pene estaba en medio de esa especie de túnel. Me introducía su pene como si fuera la vagina y cada vez se lo veía más grande y cerca de mi cara...
Entre tanto alguien me hacía un cunnilingus que no disfruté por nada del mundo: estaba muerta de miedo... Una lengua se introducía en mí, unos dedos acariciaban mi clítoris... Parecía saber qué hacer para hacerme disfrutar, pero yo tenía anestesiados todas las zonas erógenas de mi cuerpo.
Se oían gemidos de placer, no provenientes de mí.
-¡Me corro! ¡Me corro! -Gritó uno de los hombres que estaban por debajo de mi ombligo -¡No voy a aguantar!
Y lo sentí. Una sustancia caliente y húmeda había, de pronto, cubierto toda mi pierna. Al principio me extrañé: ¿qué había sido eso? Luego me dí cuenta de todo: era el semen de ese pervertido...
Algo húmedo y duro, obviamente ya no era la lengua, entró en mi vagina y salió y entró y salió y entró y...
-¡Oh! ¡Oh! ¡Sí! ¡Sí! -Gritaba la mujer al tiempo que alguien me cabalgaba.
De mis ojos se escaparon unas lágrimas de impotencia. No podía hacer nada. no podía ni pedir ayuda ni resistirme ni nada. Estaba sola ante esos desgraciados.
Un coro de "¡Me corro!", "¡Ya viene!", "¡Sí, sí!" y "¡Se me sale!" inundó la habitación y todos lo hicieron a la vez... Mis dos piernas se cubrieron en su totalidad y mi cara vio como salía el chorro disparado, por suerte cerré los ojos a tiempo... Lo extraño es que en mi vagina no sentí nada. El pene que estaba dentro salió y ahí dejé de sentir que alguien estaba tocando mi pubis.
-Me voy chicos, tengo cosas que hacer en casa...
De nuevo nadie contestó y ella se marchó. Antes de irse pude ver que llevaba en las anos una especie de palo que desde su mitad a un extremo tenía la forma de un pene y hacia el otro extremo otro pene... En parte respiré tranquila al entender que fue ella con ese aparato la que me penetraba... Se cerró la puerta.
Los chicos que tenía encima siguieron con lo suyo como si no hubiera pasado nada...Uno de ellos, el que se frotaba en mi pierna, me la elevó hasta lo que sería un ángulo de noventa grados sobre la cama. Luego me obligó a tener en el aire parte de mi culo. Mi pierna se la apoyó en los hombros, su cabeza bajó todo lo que pudo y lamió toda la piel de mi trasero a la que llegaba. Parecía como si sorbiera su propio semen. Solo pude asquearme.
Cerré los ojos. No quería seguir viendo el pene que entraba y salía de mis pechos, pero creo que eso fue incluso peor... Al cerrarlos sentí con más vigor a quien aún se restregaba en mi pierna izquierda; y a quien lamía tanto como podía mi nalga derecha; y, por supuesto, al cerdo que me follaba las tetas... ¡Era horrible!
Debido a mis ojos cerrados el resto de mis sentidos se agudizaron, entre ellos el oído, así que pude escuchar unos pasos antes de que la puerta se abriera de nuevo... Temblé. Eso pareció excitarles más y aumentaron el ritmo como si estuvieran sincronizados.
Abrí los ojos y vi durante un instante a quien había entrado: era un hombre alto de espaldas anchas; vestía botas de cuero, pantalones vaqueros, una gabardina larga y un sombrero de cazador. Ni siquiera me miró. Oí como cambiaba de lugar una silla o un sillón y dejé de saber de él.
Pasaron unos minutos interminables, no supe nunca cuanto duró aquella agonía. Llegó el momento en que los hijos de perra encestaron más de lo que estaban robando, al menos al que tenía frente a mí cara. A los otros dos no podía confirmarlos.
El de mi pecho se me acercó más a la cara. Estaba muerta de miedo. No oía nada. No podía ni pensar... Me agarró la boca, me acercó su pene erguido chorreando semen y...
-Parad. Ya habéis terminado.
Se detuvo a pocos centímetros de mi boca. La voz había sido suave, demasiado suave diría yo... Todos comenzaron a quejarse, pero él habló de nuevo solo un poco más alto:
-Dejadla ya. No es vuestra.
Se separaron de mí hasta una distancia de uno o dos metros y, en pie, se masturbaron mirándome. No les hice ni caso: quería encontrar a quien les había detenido. El otro hombre estaba sentado en un sillón. Intenté escrutar su cara, saber si se excitaba o no al verme así, saber si era otro maniaco... pero la sombra del sombrero no me dejaba ni atisbar su mentón.
Al final eyacularon. El semen apenas me llegó, pero regó toda la alfombra. El del sombrero no se movió mientras ellos se vestían y se iban. Yo no dejé de ecrutarle temerosa. No ocurrió mucho más en bastante tiempo.Yo le miraba. Él no se movía...
Sin previo aviso se levantó a coger una palangana de cerámica. Luego se sentó a mi lado en la cama, cogió la esponja que estaba dentro de la palangana y comenzó a limpiarme el semen que tenía por todo el cuerpo. Lo hacía lentamente, con cuidado, como si fuera yo la que estuviera hecha de cerámica. No me miraba a los ojos y tenía la expresión seria. Su rostro era imponente con la barba de tres días rubia, pero por alguna razón no me pareció peligroso. Más bien era tranquilizador.
Al terminar me acercó mi ropa, que hasta ese entonces había estado encima de una silla, y me desató los amarres que me sujetaban la cama. Me vestí. Él no me prestaba atención, estaba recogiendo todo lo de la habitación. Me quedé mirándole sin saber muy bien qué hacer.
Entonces me miró a los ojos. Con esa forma única en que dos completos desconocidos se enamoran en un instante con solo mirarse entre ellos, yo supe que podía confiar en él y que aquello que había vivido no me volvería a pasar, que él me protegería, y él simplemente actuó justo como yo necesitaba que alguien actuase: vino a abrazarme. Me acurruqué en sus fuertes brazos ocultando las lágrimas que caían por mi rostro. Él me estrujaga contra sí. Por fin, después del trauma podía sentirme bien...
Me decía cosas preciosas:
-Tranquila, ya pasó todo, no sabía que te hubieran raptado a ti, ahora estás a salvo, no dejaré que te pase nada, te lo prometo...
Y me besaba en la frente tiernamente...
Espero que diga la verdad.
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