Después de comer no hay gran cosa que hacer para una adolescente de quince años en una ciudad durante las vacaciones de verano que no sea quedar con los amigos... Y Amalia no iba a ser menos...
Sin siquiera avisar, se vistió y se fue a casa de Tania, una de sus mejores amigas. Siempre hacía lo mismo: Amalia es de las que se presentan en tu casa y se quedan toda la tarde, eso es parte de su encanto. Pero también es de las que se van justo cuando deben irse, ni antes ni después, de las que siempre caen bien a tus padres y al final se convierten en parte de la familia y de las que siempre anteponen la felicidad de sus seres queridos a las imposiciones del destino (por ejemplo: sus padres)
Mientras caminaba sin pararse a pensar en que tal vez era demasiado pronto, Amalia se encaminó por parajes ya demasiado conocidos para ella como para que se fijara. No sólo había crecido allí, si no que además era la encargada de hacer de guía turística cuando conocía a alguien. Por ello necesitaba saberse todos los recovecos del barrio. Por ello la calle era su segunda casa. O, mejor dicho, la primera porque siempre se había sentido mejor al aire libre que encerrada...
Ese día eligió un camino un poco más largo de lo normal... Pasó por delante de los supermercados del barrio, que nunca entendió el porqué de que estuvieran todos tan cerca unos de otros, y así se enteró de quién iba a ir de botellón esa tarde. Aunque tampoco es que la interesase mucho, la verdad...
¿Por qué eligió ese camino aquel día? Quién sabe... Quizás la apetecía caminar o por una estúpida e inexplicable fuerza llamada "destino" (yo apuesto por la primera) ¡Qué más da en realidad! La cuestión es que fue por ese camino y no otro, la cuestión es que si no lo hubiera hecho no hubiera ocurrido lo que ocurrió...
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