lunes, 22 de agosto de 2011

Carroña

Comencé a caminar, sin pensar a dónde me dirigía, y llegué al borde de un acantilado.
Oía los coches pasar a mi espalda, por lo que seguramente cerca hubiese una carretera; pero no me quise dar la vuelta. Lo único que me envolvía era la oscuridad de mi mente y la luz del mediodía.
Aquel era el mejor lugar del mundo para un suicidio. La última imagen que verían mis ojos era una llanura vírgen, desértica, bajo un cielo azul y limpio. Podías llenar los pulmones de aire puro, hasta el fondo. Podías cerrar los ojos, hacer caso omiso a los coches ocasionales que pasaban a tu espalda, y escuchar el silencio al fin.
Pero pensándolo bien, ese no era el mejor momento. A plena luz del día cualquiera podía verlo... y terminar salvándote la vida. Y entonces, ¿de qué hubiera servido lanzárte al vacío y golpearte el cuerpo? ¿Para qué derramar tanta sangre si nisiquiera te has herido el cráneo? ¿Por qué no te has roto el cuello?
Entonces tú vida sería el horario de un hospital. Contínuas pruebas clínicas inservibles. Dolor. Sonrisas vacías. Y, al final, años más tarde, la eutanasia.
O quizás nadie se dé cuenta y te quedes tirado en el suelo esperando a que se te gasten las energías. Esperando a dar tu último aliento. Los buitres se acercaran cuando ya no puedas verlos y señalaran el camino hacia un cuerpo incompleto a los forenses.
Pero esa no será mi vida.

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