Allí estaba. La encontró. Ahora se iba a enterar con quién se había metido...
Amalia estaba sentada en el suelo, abrazándose las piernas, ocultando la cara... No se había dado cuenta de que él estaba ahora depiés frente a ella... Si lo hubiese sabido la hubiese dado igual... Porque poco la importaba el resto del mundo, poco la importaba lo que la pudiera suceder; toda su atención estaba concentrada en un sólo punto del universo, uno de los puntos del universo más importantes para ella y su existencia...
Lloraba. Estaba llorando. Pero sin derramar ni una sola lágrima. Sus ojos se habían secado hace muchos años... Sólo podía gemir. Sus mejillas se enrojecían por el calor que desprendía su aliento. Y sus ojos estaban llorosos, llorosos y secos.
-¡Eh! ¿Qué te pasa?
La gritó Axel al tiempo que la daba una pequeña patada en la pierna... Ella levantó la mirada poco a poco.
-Te he dicho que ¿qué te pasa?
Amalia no quería contestar. Y no veía ninguna razón para contarle a él sus penas... Pero él era demasiado insistente... No podría contener sus sentimientos...
-¡Vale ya, joder! ¿¡Quieres largarte de aquí y dejarme en paz!?
Amalia se puso en pié de repente. Asustándolo. Le miró con ojos casi llorosos y se fue. Axel estaba petrificado. No sabía qué hacer. Pero, al final, reaccionó:
-¿A dónde vas? -La agarró de un brazo.
-Lejos de cosas como tú.
-Lejos de... ¡Oye! ¿Con quién te crees que estás hablando?
-Con un descerebrado, por supuesto.
-Te voy a...
-A ¿qué? Vas a hacerme ¿qué? Mira, majo, no tengo tiempo para ti... Además, seguramente...
-¿Seguramente...?
-Nada, de igual... Se me ha escapado...
-¡Dímelo!
-¡No!
-Vas a decírmelo.
-¡No! No voy a hacerlo.
-Sí que lo harás...
Se miraron durante algunos instantes... Quizás llegó el momento de confiar en cualquier desconocido...
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